Relaciones interpersonales tras la herida de la HUMILLACIÓN

Como el masoquista vivió en un ambiente contrario a los sentimientos tiernos, ya que de nada le sirvieron sus ruegos y suplicas ante la actitud de la madre, ahora reacciona con cierta desconfianza ante la ternura de los otros; el miedo a dejarse engañar, junto con la rabia y la cólera, siempre está presente en el inconsciente.

Debido a que su propia madre se valió de su simpatía y amor para humillarlos, tienen la constante sospecha de que los demás quieren abusar de ellos.

Como consecuencia de las circunstancias vividas, suelen ser «buenos, sumisos y agradables» de cara a los demás, lo cual está relacionado con su necesidad de aprobación.

Para sí mismos son todo lo contrario, a nivel inconsciente su actitud es de negativismo y rencor.

Cuando se manifiesta la rabia, lo hará en forma de agresión pasiva, mediante la retirada del afecto, por medio del vacío emocional y a través de la queja autodescalificativa.

En las relaciones con los otros intenta pasar desapercibido, no suele mostrar claramente su opinión, ni hablar de su vida íntima y lo hace como reacción a las experiencias infantiles vividas en las que no se sintió «tenido en cuenta» en sus necesidades, sus gustos, sus opiniones o sus capacidades y, además, se vio avergonzado y humillado cuando intentó expresarse o manifestarse tal como sentía.

Sus padres, de alguna manera, le censuraban y le decían que lo que ocurría en el seno familiar, especialmente los acontecimientos negativos, no les incumbían a otras personas y que debían permanecer en secreto y guardárselo solo para él.

Tiene muchas dificultades para manejar los límites con los otros, teme invadir el espacio ajeno, tanto como que invadan el suyo propio.

También tiene miedo a ser rechazado, lo cual le puede llevar al retraimiento.

Esto le puede suponer un gran problema, ya que, para volver a integrarse necesita permiso y, generalmente, no se atreve a solicitarlo.

Si nos referimos a la estructura masoquista-activa en sus relaciones con los demás se mostrará siempre insatisfecho y malhumorado, expresará su enfado abiertamente y se encargará de hacerles reproches por todo y de echarles las culpas por cualquier circunstancia.

Aprovechándose de sus «dardos verbales» intentará sacar su agresividad hacia afuera y lo hará en los momentos en el que el otro es más vulnerable y tratará de hacerle daño, allí en donde al otro más le duele.

Ante cualquier persona se sentirá dominado, humillado y manipulado, se quejará y le reprochará que no le respete y que le impida vivir su vida de la manera que él quiera vivirla y le responsabilizará de su falta de libertad y de su sufrimiento.

En determinados momentos, puede dar rienda suelta a la agresividad y convertirse en una persona muy violenta.

Un aspecto muy importante que resaltar, por la gran transcendencia y repercusión que puede tener, es la relación que el masoquista suele mantener con sus hijos, en los que proyectará toda la carga emocional de frustración que lleva dentro.

Generalmente se convierte en verdugos de sus propios hijos, a los que tratará de reprimir, controlar, limitar y hasta puede utilizar la culpabilidad con tal de manipularlos y dominarlos, es decir, suelen reproducir el mismo comportamiento que sufrieron ellos mismos cuando eran niños.

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Imagen:primeroeditores.com.mx

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