VIVENCIAS QUE HACEN DESPERTAR LA HERIDA DE LA HUMILLACIÓN

La persona de carácter masoquista ha elegido en el mundo espiritual antes de nacer, vivir en el seno de una familia que le va a hacer emerger constantemente del inconsciente, memorias de control, sometimiento y abusos de poder.

El individuo masoquista ha sido profundamente humillado de niño. Ha sido formado para sentirse incapaz e inútil.

La madre o sus cuidadores son los que llevan el control sobre él.

La madre es dominante y posesiva, e incluso está dispuesta a sacrificarse por él.

No le permite a su hijo que disponga de un espacio personal privado donde él pueda reconocerse y disfrutar de su cuerpo, de sí mismo.

Es ella la que intenta controlar y dominar el cuerpo del niño, su alimentación y hasta sus funciones fisiológicas.

Si el niño se comporta «adecuadamente» le manifiesta su amor, si no es así, le ridiculiza.

Solamente merece ser amado si acata ciertas normas que le son impuestas, porque la madre considera que así es como debe ser.

La obediencia es recompensada con la aprobación; la rebelión, en cambio, es desaprobada.

Un ejemplo claro de esto se produce cuando empieza a controlar sus esfínteres.

Percibe que si retiene las defecaciones es querido, mimado y cuando se le escapan le humillan y le hacen sentir vergüenza de sí mismo.

Esto le produce un gran daño psíquico porque le hace creer que debe retener, sufrir y portarse bien para que le quieran.

Así el niño pasa de una situación que le ocasionaba placer y posteriormente un estado de relajación, a vivir en un estado de tensión e incluso desagradable.

Cuando quiere llorar, no puede hacerlo porque sus padres no lo aprueban, le censuran, porque la angustia que les provoca el verlo llorar no la pueden soportar.

También la mamá le controla la apariencia y la forma de vestir. No respeta si él le dice que tiene frío o calor. Se vestirá según el criterio de ella.

Con lo cual, el niño irá perdiendo el contacto con su propio cuerpo.

Y lo mismo ocurre con la alimentación:

Su madre, abnegada y angustiada, no solo quiere que coma rápido y sin mancharse, sino que pretende que coma lo que, según ella, estima que él necesita para que crezca sano y fuerte y que no tenga problemas.

Sin tener en cuenta las necesidades del niño o si él está o no satisfecho.

Si en un momento determinado el niño se siente satisfecho y le indica o le dice a su madre que ya basta, que no quiere seguir comiendo más, ella, que no tiene confianza en la capacidad de su hijo para saber lo que realmente necesita, se pondrá nerviosa y le obligará a seguir comiendo hasta cuando ella considere que está bien alimentado.

Hasta que ella se quede tranquila que lo que debe comer es eso, con lo cual podrá contener su angustia y le procurará un estado de seguridad en sí misma por haber obrado como una buena madre y responsable en el cuidado de su hijo.

Si no lo logra, se avergonzará de sí misma, de su papel de madre.

De esta manera, lo que pretende la madre inconscientemente es utilizar las necesidades básicas del hijo como remedio para controlar su propia angustia.

No le importa lo que el niño pueda sentir o no, lo que ella busca a través de la alimentación de su hijo es satisfacer su propia necesidad, es decir, contener su angustia.

Como consecuencia, el individuo de carácter masoquista asocia que tras la tensión por alcanzar un deseo, una necesidad, no aparece la satisfacción y después la relajación por haberlo conseguido, sino que por el contrario lo que experimenta es un aumento de la tensión.

Y además tener que soportar la experiencia desagradable que supone el «tener que» seguir comiendo cuando ya no tiene más apetencia.

Unido a la posterior sensación insoportable de un estómago hinchado y atiborrado.

Tales experiencias lo que harán será empezar a distanciar al niño de la percepción de sus deseos y de sus necesidades.

Y, como consecuencia, del disfrute de ellas y sustituirá las mismas por las necesidades ajenas para no sentirse frustrado y poder convivir en su entorno.

Ocurre también que el niño pierde contacto con su poder interno ya que la eficacia de la palabra «NO» no ha sido suficiente para evitar que le impongan demandas y necesidades, que no son propias o que son desagradables.

Por el contrario, ha servido para enfadar a su madre, para provocar más angustia y más presión.

Ella no accederá a los deseos de su hijo y si es necesario recurrirá a la coacción emocional y al chantaje.

Frases muy típicas que suele emplear para manipular la conducta del niño son:

«Sé un buen niño. Da gusto a tu madre. Acábate la comida».

Si me comes sí te quiero, si no me comes, no».

«Mamá sabe lo que te conviene». «Yo siempre actúo por tu bien».

A pesar de que el niño aumenta su oposición ante cualquier interferencia relacionada con sus necesidades y por eso son frecuentes las «pataletas» y enfados ante mínimas frustraciones, que los padres viven con gran desconcierto, siempre son obligados a ceder, todos los intentos por resistir son aplastados.

El niño es obligado a ponerse en contra de sus necesidades básicas mediante coacción, o por la fuerza o mediante el chantaje emocional, incluso en ocasiones de manera violenta.

Como hemos visto antes, lo hacen en el control de sus esfínteres porque no permite que el niño lo vaya controlando y madurando poco a poco.

No le permite tocar, correr, caminar y alejarse de ella, no le permite la necesidad básica de oponerse, de saber lo que siente y lo que le apetece.

Es decir, el niño en cualquier situación de la vida, percibe que no es aceptado tal como es y tampoco se siente protegido y respetado.

Cualquier sensación, cualquier sentimiento es inadecuado, hacen que se sienta avergonzado y humillado.

Si el niño empieza a jugar con sus genitales, le interrumpen y le dicen que eso está mal, que es feo y sucio.

Cuando realiza alguna actividad, un dibujo, por ejemplo, sus padres cometen el error de definir su obra, en lugar de dejar que lo haga su hijo. «¡Mirad lo que ha dibujado mi hijo! Es una montaña».

Cuando, en realidad, lo que el niño había intentado dibujar era otra cosa distinta, una piedra.

Esto es un error muy grande, ya que el objeto creado es como un espejo de la esencia del creador. Un reflejo de su ser interno, de su individualidad.

Este es el objetivo de nuestras creaciones: reflejan quiénes somos.

Pero si sus padres se apoderan de su creación y la definen, según su criterio, antes de que el niño se haya identificado con ella, cuando el niño observe el objeto que ha dibujado verá reflejada la esencia de sus padres, no la suya.

En lugar de ver una piedra, verá una montaña.

Cuando expone sus ideas y, de vez en cuando, se queda en silencio, pensando, sus padres tratan de ayudarle a ir completando las frases.

Anticipándose así a que su propio hijo sea el que vaya completando el puzle de la manera y al ritmo que él desee.

Ante esta invasión y posterior robo de su desarrollo creativo el niño reaccionará internándose más profundamente y le costará mucho más regresar de nuevo para completar su idea.

A partir de este momento se mostrará confuso.

Finalmente, el niño incorpora las actitudes de la madre, convirtiéndolas en una parte integral de sí mismo.

No puede distinguir cuál es su esencia y cuál la de sus padres. No puede ver la diferencia.

Se verá abocado a ir distanciándose, poco a poco, de sus percepciones y a sustituirlas por las de la madre o las de la persona que realice esta función.

Lo que le hará vivir en un estado de tensión interna permanente, como si fuese a estallar y de la cual es incapaz de liberarse.

Extracto de mi nuevo libro LA TAREA DEL ALMA, si deseas adquirirlo haz clic sobre el enlace de Amazon:

Imagen:expertoe.com

Deja una respuesta